Cuando en México había toros, toreros y afición –bastante más que ahora, se entiende--, era inconcebible una Temporada Grande sin el aderezo de tres o más festejos organizados al margen de la empresa regular de El Toreo o la Plaza México: las corridas extraordinarias. La Oreja de Oro, la de la Prensa, la de Covadonga, la de la Cruz Roja y alguna más cumplían así con la misión de darles otro sabor y otra dimensión a las tardes invernales.
Desde luego, no hablo de los tiempos lejanísimos en que los ases de la temporada firmaban –sobre su media docena de fechas, como mínimo– lo que se conocía como beneficio, un festejo extra, para el cual la empresa cedía la plaza al beneficiado, quien cargaba con gastos y utilidades. Este sistema, muy común durante el primer tercio del siglo XX, tenía el inconveniente de que el interesado tenía que prodigarse en sus actuaciones previas si quería asegurar una buena entrada para ese día; como es natural, quien en tres meses partía plaza ocho o nueve veces difícilmente albergaba el propósito de arrimarse como desesperado en todas ellas.
A la larga, para una figura base de temporada, lo más práctico fue asegurarse emolumentos suficientemente altos para no tener que recurrir al consabido beneficio. Y hay que pensar en las complicaciones de andar tratando y contratando “compañeros”, además de un buen encierro, para reforzar el cartel de su corrida. Y eso que estando en auge tal modalidad, se beneficiaban incluso los subalternos, como ocurriera en 1902 con el banderillero Moyano y el picador Agujetas. El último beneficio fue el del gran Cagancho a principios del año del boicot (22-03-36).
La Oreja de Oro
A veces bajo otra denominación, este festejo lo toreaban los triunfadores de la temporada –mexicanos y españoles sin faltar uno; cuando Manolete eludió el compromiso se armó un gran escándalo–. La organización corría a cargo de la Unión de Matadores, y las utilidades las aplicaba tanto a gastos administrativos como, sobre todo, a la atención médica de matadores y novilleros heridos, porque cornadas de diversa importancia nunca faltaban en cosos del país.
La historia habla de una primera Oreja de Oro adjudicada al recio baturro Nicanor Villalta en 1927, pero ése fue un trofeo donado por una revista especializada –también abundaban–, y lo adecuado es considerar primer ganador formal a un Fermín Espinosa "Armillita" adolescente, con el rabo a "Hechicero" de San Mateo como contraseña (12-02-28), preámbulo de tres más que fue acumulando a través de su gloriosa trayectoria (1932, 37 y 46).
Al año siguiente, también en cartel de cuatro espadas, la presea fue para Curro Puya y su inmortal faena al sanmateíno "Como Tú" (03-02-29). Con el tiempo, cuatro hispanos más obtendrían el trofeo: el cordobés José María Martorell (1952), el madrileño Julio Aparicio (1954, único que lo hizo cortando apéndices), el sevillano Paco Camino (1964) y el salmantino Santiago Martín "El Viti"(1965). Y vale la pena recordar que la célebre gesta artística de Camino con “Catrín” de Pastejé ocurrió en una noche de Oreja de Oro (Toreo de Cuatro Caminos, 27-03-63), por más que "Catrín" fuese un toro de regalo, fuera de concurso, tras declararse desierto el trofeo. El cartel lo integraban Capetillo, Silveti, Huerta, Bernadó, Camino y El VIti: tres mexicanos y tres españoles con un encierro tlaxcalteca –que falló feamente– de Coaxamaluca. Los participantes actuaban entonces sin cobrar, según lo estipulado en el Convenio hispano-mexicano vigente.
Para este festejo de solidaridad gremial, el trofeo se trocó alguna vez de Oreja en Rosa de Oro (14-02-46, cuando Manuel Rodríguez mandó un apócrifo parte médico); y varias en Estoque, cuando las divisiones entre la torería azteca derivaron en la existencia simultánea de una Unión y una Asociación, de las que la primera tenía patentada la marca Oreja de Oro. Sin faltar ocasiones en que, por la misma causa, el tradicional festejo dejara de celebrarse. Y hasta se dio, en 1974, el curioso caso de que el encierro previsto por la Asociación lo rechazara la autoridad capitalina, por lo que la corrida se tuvo que trasladar a Guadalajara. Curioso porque hoy, en situación semejante, el rechazo sin duda se habría dado en la Perla tapatía y la aceptación de animales excesivamente terciados en la capital. Además de Guadalajara, en los años 60 se organizaron festejos similares en otras plazas de temporada (Tijuana, Ciudad Juárez, Monterrey), que garantizaban pingües utilidades.
Recuento de triunfadores
Detrás de Armillita y sus cuatro contundentes victorias (cortando siempre rabo), los ganadores del áureo trofeo en cosos de la capital fueron, tres veces, Antonio Velázquez (1945, 48 y 50), Manolo Martínez (1967, 70 y 73) y Curro Rivera (1969, 72 y 78), dos Lorenzo Garza (1935 y 36), Joselito Huerta (1962 y 71) y Rafael Ortega (1996 y 97), y una Heriberto García (1930), David Liceaga (1931), Alberto Balderas (1933), Pepe Ortiz (con su famoso quite de oro, 28.01.34), Paco Gorráez (1938), Fermín Rivera (1940), Luis Procuna (1944), El Soldado (1949), Carlos Arruza (1951), El Ranchero Aguilar (1961), Mariano Ramos (1975), Manolo Arruza (1976)… y tras un largo paréntesis, cuando en los años 90 se intentó revivir la tradición, Guillermo Capetillo (1994), Manolo Mejía (1995), Zotoluco (1998, en terna) y José María Luévano (2003).
Los últimos festejos por la Oreja de Oro resultaron francamente patéticos: limpia de corrales, ningún hispano en el cartel –los convenios no existían más; la solidaridad gremial, menos–, entradas flojísimas, pachanguero desorden para decidir al vencedor… La tiranía de la empresa sobre una resignada grey coletuda estaba consumada, y quienes menos contaban e interesaban eran los diestros locales. Varias veces, el trofeo quedó sin ganador, el último se le adjudicó al rejoneador Gastón Santos (17-02-2008) y ocasión hubo en que la única vuelta al ruedo la dio el magnífico subalterno Alfredo Acosta (28-02-{93).
No está de más recordar que, como culminación de las temporadas novilleriles, se disputaba también la Oreja (o el Estoque) de Plata. Y constituía una de las tardes más esperadas de la temporada chica capitalina.
Corridas de la Prensa
Tradición muy arraigada en España, en México empezó a cobrar bríos a partir de la reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal tras la trágica muerte del presidente Carranza. Su organización implicaba la existencia y activismo de un grupo de revisteros taurinos integrado en su mayoría por profesionistas liberales, con buenos contactos dentro y fuera del medio que les facilitaban el armado de un cartel de lujo.
Contra lo que más tarde sería usual –festejos de terna–, la primera fue de seis espadas y El Meco Silveti superó a Segura, Gaona, Belmonte, Dominguín y Sánchez Mejías, al que el sexto de Cecilio Albarrán le pegó regular cate (26-02-22). Al año siguiente, los plumíferos optaron por repetir al Tigre, en mano a mano nacionalista con Luis Freg, que fue quien llevó el gato al agua. A veces, como en 1924, se anunció como corrida pro Salud del Periodista.
Y ya sin pausa, siguió dándose con invariable éxito de público y eventuales faenas grandes, como las de Gaona a "Turronero" de La Laguna (01-02-25), El Niño de la Palma a "Juan Gallardo", del mismo hierro (07-02-26), Cagancho a "Reportero" de Zotoluca (27-12-31), Solórzano a "Redactor" de La Laguna (07-02-37), Garza a "Gráfico" de Torrecilla (26-12.37) –nótese cómo los nombres de los toros se adaptaban al tema periodístico–; en 1942 Calesero les ganó una Prensa de Oro nada menos que a Ortiz y Arruza y en 1946 se celebró por última vez en El Toreo, a punto de ser demolido.
En la México ya fueron esporádicas, al decrecer del ímpetu de los revisteros para constituirse en empresa. Memorable fue la apoteosis de César Girón –cuatro orejas y el rabo de "Rascarrabias": 26-03-61–, día en que Humberto Moro bordó también un faenón con “Don Verdades”, y Chucho Córdoba estaba cuajando a plenitud al veleto "Monosabio" cuando éste se le coló y le fracturó una clavícula.
Rebautizados sus toros con nombres de revisteros de antaño, la bravísima corrida de Tequisquiapan y el rebosante lleno no hacían presagiar un abrupto corte de tres lustros, antes de que, también de manera triunfal, Curro Rivera y Manolo Arruza, con el ecuatoriano Edgar Peñaherrera, al que hirió de gravedad el primero de Xajay, le pusieran fin de una etapa inolvidable (20-02-76).
Habrá más
Pero las corridas extraordinarias también encontraron campo propicio en la cazuela de Insurgentes. La de la Cruz Roja se hizo infaltable, continuó por algunos años la de Covadonga y hubo numerosos festejos a beneficio de la basílica de Guadalupe. O de otras causas altruistas, porque la Fiesta era fuente segura de beneficios económicos para instituciones públicas y privadas, o cuando alguna catástrofe asolaba al país. Ante cualquier circunstancia de ese tipo, la respuesta de la gente del toro era inmediata y su participación generosa. Como asimismo la del público aficionado.