En las últimas semanas las acciones anti taurinas se han multiplicado en diversos sitios ya sea mediante manifestaciones públicas o a través de acciones políticas y legales instrumentadas para promover y encausar normas prohibicionistas camufladas en nuevos regímenes de protección animal.
El activismo opositor no cesa en una labor paciente, constante y articulada que cumple con disciplina y rigor una agenda ajustada a la itinerante celebración de los festejos taurinos formales o populares en diversos puntos del orbe. Aquí, allá y más allá, el anti taurinismo actúa mimetizándose en cada uno de los ambientes con ajuste a las diferentes realidades sociales, políticas y económicas.
Esta potente corriente contraria en sus prácticas combina el ataque a gran escala vía acciones oficiales en los ámbitos estatales, con la guerrilla urbana llevada adelante por células entrenadas para manifestarse y comunicar. En el primer caso equipos especializados de profesionales trabajan junto fundaciones y grupos cercanos a las autoridades gubernamentales para encaminar las leyes; al tiempo que huestes de jóvenes irrumpen en calles y auditorios para pancarta en mano y grito en la garganta convertirse en noticia abriéndose espacio en los medios convencionales y en las redes sociales.
El estado mayor en los despachos y la tropa en el asfalto dan forma a esta larga e incesante lucha que ha causado grandes pérdidas y muchas bajas en una industria taurina incapaz de reaccionar, de organizarse y peor aún de tomar la iniciativa. Los fuertes golpes encajados han creado un estado de conmoción que hasta el momento resulta insuperable para los actores del negocio y sus huestes que lucen tristemente obnubilados y confundidos.
La manida organización de plataformas, colectivos y frentes de defensa que llevan a cabo aislados esfuerzos de ciego por contener los embates, crean una imagen precaria y lamentable no correspondiente con la inmensa cantidad de dinero que mueve el sector y su incontestable efecto virtuoso en cada una de regiones, ciudades y pueblos en las que se llevan a cabo funciones taurinas.
Si valoramos a la industria taurina desde su capacidad para generar empleo, activar las relaciones comerciales, dinamizar el turismo, pagar impuestos y tasas, proteger el medio ambiente e incentivar la integración; encontramos que el toreo constituye un sector interesante para las economías locales y nacionales con un peso específico reflejado en las cifras de incidencia e influencia en el aparato productivo.
Pese a los guarismos y a los datos, el círculo vital en el que se desenvuelve la fiesta vive un sorprendente proceso de implosión hecho público con las declaraciones de los representantes de la gran empresa que entre afligidos y avergonzados anunciaron que de acuerdo al orden actual del negocio "los números ya no alcanzan".
Más allá de la sorpresa e impresión y la reserva que para el análisis dejó la inesperada comparecencia, está claro, muy claro que el establecimiento taurómaco debe transformar la estructura vigente, repensar las variables de intercambio entre los actores, revisar la oferta, atender a la demanda y en ella al cliente; en suma, reinventar el sector buscando establecer una dinámica comercial justa para todos.
Comenzamos mencionando las recientes acciones anti taurinas cuyos resultados también fueron descritos; sin embargo, resulta asombroso, doloroso y casi gracioso afirmar desde los hechos que el impacto más fuerte que ha recibido la fiesta de los toros en el año que termina provino de quienes dicen gobernarla. Los dueños del espectáculo deben dedicar el invierno europeo a pensar, crear y construir, en lugar de sumar, restar y dividir.