"Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos". Tomo estas palabras de Fuentes para contarles lo que me ha gritado el corazón estas últimas jornadas, que sin lugar a dudas seencuentran entre las más tristes de mi existencia.
Mi corazón. Este corazón agrietado por el hachazo de una noticia fulminante. Recibida en el crepúsculo de un domingo, como habitualmente se reciben las noticias en el mundo de los toros. Fue Gerardo, generalmente evocador de númenes favorables, que ahora me buscaba con el alma hecha pedazos paraver si entre todos, de alguna manera, repartiéndonos el dolor, lo podíamos hacer más tolerable.
El timbre de su voz me anunció que había vientosde tormenta. Como en aquellas páginas memorables de García Márquez, no fue necesario mirarnos para saber que en ese instante ya no estábamos completos, ni lo estaríamos jamás. Un toro había matado a Eduardo del Villar en Seybaplaya.
Ante este hachazo feroz, violento, recio, despiadado, concurrieron de golpe a mi memoria infinidad de recuerdos. Por mi amistad con Gerardo, conocí a Edu desde que era un niño de brazos. Tuve el privilegio de ver como ese niño se transformó primero en un joven de bien y después en un hombre cabal.
Concurrieron en mis adentros, sin respetar tiempos ni espacios, las imágenes más variadas: vi al niño correr alegre por los jardines de Huapalcalco; recordé infinidad de charlas con el joven en el rincón de una tertulia; evoqué al hombre enfrentar con entereza los toros que el destino le fue poniendo, tanto dentro como fuera del ruedo.
Entre esta galería de imágenes, entre esta colección variopinta de recuerdos, sobresalía una estampa indeleble que me dibujaba al niño de 8 años, parado en el centro del ruedo de la Plaza México. Estaba ahí para despojar a su tío Gerardo de la chaquetilla de forcado. Liturgia que se sellaba con un beso, que como todo en las vidas entrelazadas de estas dos almas, era al unisón paternal y fraternal.
Yo no se si fue ahí o muchos años después. No se cuando fue que el niño, el joven o el hombre, cobróconciencia del significado de este acto trascendental. En ese momento, no fue la voz sinoel alma del niño la que le dijo al tío: “Este espacio que tu dejas, lo llenaré yo, y lo llenaré a plenitud”.
Caso extraordinario el de este niño que se hizo forcado mucho antes de fardarse por primera vez; mucho antes de hacer su primer paseíllo. Sabiéndolo o no, ahí firmó un pacto con su destino. Dedicaría su vida a una actividad que lo llenaría profundamente, que lo haría un ser pleno, que lo convertiría en un hombre feliz, pero que a cambio le exigiría un valor sin igual.
Esta convención tan peculiar, este compromiso tan especial nunca fue roto. Lo que hacía como forcado nunca dejó de llenarlo a plenitud y él, a cambio, nunca falló en su valor.
Esta sagrada estipulación se convirtió para Edu en una norma moral; en una regla ética que no consentía la excepción; en un acuerdo con su honorabilidad que no permitía desviación.
Fue con esta vocación, con esta plenitud, con esta pureza del alma que los pasos del niño, del joven, del hombre empezaron a hacer camino por el mundo del toreo. Cuando llegó el momento, fundó el grupo de Forcados Hidalguenses. El grupo se fue nutriendo con jóvenes cuyo destino se cruzaba con el de este apóstol de la tauromaquia. Me los imagino acercarse primero con cautela. Con la misma cautela con la que el cuervo se acerca al cuerpo de agua para abrevar el líquido vital; pero cuando se tiene un líder como lo fue Edu, que ejerce el liderazgo con limpieza, el líquido abrevado disipa la cautela y la riqueza del manantial conduce a una lealtad incondicional.
Así se forjó este grupo. Con nuestro príncipe a su cabeza. Con la fortaleza de estos guerreros, entre ellos Andrés del Villar, que cuando era necesario seguían a nuestro Orfeo hasta las profundidades de las tinieblas. Así fue este grupo conquistando al mundo del toreo: de plaza en plaza; de corrida en corrida; de toro en toro; de pega en pega.
Así llegó la trágica jornada de Seybaplaya. Cita a la que por cartel nuestro héroe no estaba convocado. No correspondía actuar a su grupo,sino a los Forcados de Puebla. Pero precisaban de ayuda y siendo Eduardo quien fue siempre, siempre fue el primero en ayudar. Así hizo el paseíllo en esa jornada fatal.
Salió por la puerta de toriles "San Isidro Labrador". Un toro de Rancho Seco con cerca de 600 kilos en los lomos. Muchos años de sapiencia taurina le dijeron a Eduardo lo que no muchos en la plaza sabían. Era el Diablo, Satanás, el toro que mantiene en vigilia a los toreros en las noches de insomnio. Eduardo hizo lo que siempre hacía en esas circunstancias. Cuando el grupo se repartió dijo con voz serena, tranquila, pausada, “Este toro es mío”. El cabo de los poblanos trató de disuadirlo. Sentía él la responsabilidad de pegarlo. Pero Edu le alegó su antigüedad, y encaró la muerte como encaró siempre la vida: con honestidad, con integridad, con verdad.
¿Qué mayor entereza se le puede pedir a un forcado? ¿Qué mayor acto de generosidad se le puede pedir a un ser humano? Sacrificar el cuerpo propio para proteger el del prójimo.
La historia de la tauromaquia está llena de lugares que se tiñeron de rojo para cubrirse por siempre de negro. Linares, Pozoblanco, Colmenar Viejo. Pero para los forcados en México, la tragedia deSeybaplaya constituirá por siempre la más negra de las jornadas. Y extrañamente, hoy que Edu ha partido, hoy que atravieso el oscuro túnel de mi dolor, me siento más que nunca por él acompañado. Siento como nunca la luz de su mirada; me siento acobijado por el calor de su sonrisa; me siento acurrucado por la tesitura de esa voz suya, que sin perder un ápice de amabilidad se declaraba siempre con firmeza. Y es el recuerdo de nuestro héroe el que me guiará en este valle de sombras.
Descanse en paz un valiente.
Descanse en paz nuestro héroe.