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Desde el barrio: Sin corrida no hay encierro

...es que, de tanta tergiversación, de tanto impropio protagonismo...

El centro del mundo oscila estos días sobre las piedras con antideslizante de la calle de la Estafeta. De Pamplona, claro. Todas las miradas, a eso que suena el chupinazo, se centran en la avalancha de cuernos y pezuñas que arrasa con cuanto encuentra a su paso hasta llegar la paz en sombra de los corrales de la vieja Monumental, esa que copió los planos de la que Joselito El Gallo diseñó para Sevilla.

Parece como si todo fuera encierro, como si los toracos que corren más que los bueyes hubieran nacido y se hubieran criado sólo para esos dos minutos y pico de vértigo, gritos y golpes, en los que de vez en cuando se produce alguna cornada aislada, como de refilón, como por descuido de un azar que milagrosamente asegura la integridad de tanto inconsciente y de tanto osado con ganas de aterrorizarse o de chupar cámara.

Porque los toros dan menos golpes que algunos de esos "divinos" que bracean como caballos jerezanos para sacar de plano a quienes entorpezcan su medio minuto de gloria de cada amanecer. Todos están focalizados de antemano en ese masivo y previsible caos sobre el que expertos en la nada se pierden en largas elucubraciones y certezas estadísticas que los propios toros descomponen a cada tranco de su galope por el empedrado.

Pero son ya tantos años de rara costumbre que hasta parece normal que a una ganadería se la califique mil veces de peligrosa solo porque alguno de sus toros ha tenido la mala suerte de tropezarse en su huida con un pantalón blanco de Castellón o con un rubiasco australiano con Hemingway inyectado en vena.

La realidad de la corrida no entra en su cuentas. Porque la corrida no existe para los frikis del encierro, que no entienden ni quieren entender lo que pasa donde acaba el camino de piedra y asfalto, tras el cierre de esas puertas rojas que los toros atraviesan apenas dos minutos después del estallido de adrenalina. Allí donde empieza la arena sobre la que, horas después y frente a esos mismos mostrencos, sucede todo aquello que los medios que se desviven con el encierro también ignoran o desprecian.

Sin embargo, digan lo que digan, sin corrida no habría encierro. Por esencia, por definición y por historia. Los toros se encierran en la plaza para torearlos, para que sean otros héroes, los que no corren con tecnificadas zapatillas de colores sino los que asientan las suyas, clásicas y negras, lo que los lidien. Y los que usen otros trapos, del mismo rojo de pañuelos y fajas, cuyo manejo supone un mayor y evidente riesgo que el del tropel de carne de la mañana.

Hoy mismo, el equilibrista verbal que comenta la carrera en Televisión Española ha llegado a afirmar, así, sin anestesia, que los corredores y los toreros son los únicos que disfrutan del privilegio de tener tan cerca a un toro de lidia, en una equiparación tan estúpida que produce casi la misma risa, o la misma pena, que esa otra perla que ha soltado sobre la enorme sensación de "mandar en el toro" que dice que tiene el corredor del encierro.

Lo preocupante y lo absurdo del caso no es tanto que se difunda urbi et orbi tamaña soplagaitada como que sea exactamente eso lo que lleguen a creerse también algunos de los mozos que ronean de valor a la hora del aperitivo y que en su mayoría desprecian a los que más tarde no tendrán, como ellos, los jurásicos pitones de los toros de Pamplona tras las nalgas pero sí pasando una y otra vez por delante de sus femorales.

Así que, de tantas baladronadas sin una respuesta que ponga las cosas en su sitio, de tanto equívoco de conceptos acumulado, no es de extrañar que haya tenido más seguimiento informativo el coscorrón de un guiri contra una pared de la cuesta de Santo Domingo que el tabacazo que hace dos días le reventó las entrañas al bueno de Pablito Saugar.

Y es que, de tanta tergiversación, de tanto impropio protagonismo en blanco y rojo, hace ya mucho tiempo que casi todo el mundo en Pamplona parece haber olvidado que el encierro es sólo el preámbulo de la corrida, el acto central de toda actividad taurina. Y, sobre todo, lo que justifica y paga la presencia en las calles de esos tremendos animales cuya carrera centra la atención morbosa de millones de espectadores desde cualquier lugar del planeta.

Menos mal que cada mañana Elena Sánchez, hablando con sobrado conocimiento de causa de los toreros de la tarde y definiendo las verdaderas características de la ganadería de turno, le da la suficiente cordura a los comentarios de las transmisiones. Y que, siempre con su bella sonrisa, tira fuerte de las riendas para imponer el ritmo de la realidad a ese veloz vértigo hacia el absurdo.






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