El comentario de Juan Antonio de Labra  

"...Pamplona se quedará este año sin sus entrañables sanfermines..."

La llegada del mes de julio está asociada a la feria de Pamplona, con sus encierros y sus festejos taurinos, que son la esencia de una ciudad donde nadie duerme durante varios días, a la espera del estallido del cohetón a las ocho en punto de la mañana, que anuncia la salida de los toros de los corrales del Gas.

A esa explosión de pólvora sigue la de júbilo, saturada de emoción, nervios y camaradería, que se incrementa cuando el campero repiqueteo de los cencerros de los bueyes avisa de la estampida de los toros que se lidian por la tarde. Entonces, miles de corredores salen al paso a lo largo de todo el intenso recorrido que se interna por las calles de un lugar apacible… hasta que llega julio.

Este año no será igual. Pamplona vivirá un día de San Fermín incoloro –y no pintado de blanco y rojo, como es su costumbre– sumamente distinto a todos los anteriores, o al menos a los más recientes de una añeja historia de varios siglos donde el toro sigue siendo ese gran catalizador de tradición y cultura.

No habrá chupinazo que cante el arranque de la feria; ni abrazos, ni multitudes, ni hoteles o pensiones abarrotados; ni manchas de tinto en las camisas, ni olor a tabaco o sudor… ni la elevación de esas breves y lánguidas estrofas del "Pobre de mí" cuando la fiesta toca a su fin en la medianoche del 14 de julio.

Pero tampoco habrá derrama económica para un lugar que espera con ansias la llegada de cada mes de julio para abastecer sus arcas de cara a todo el año. Y quizá eso sea lo más grave en esta época de desescalada de la pandemia, donde todavía existe el riesgo de rebrotes, esa amenaza latente que obliga a no bajar la guardia.

Y así como Pamplona se quedará este año sin sus entrañables sanfermines, sus bandas, sus mozos, su escandalosa bulla, y las gestas toreras, ya sea dentro o fuera de la plaza de toros, tampoco Aguascalientes verá esos ríos de gente por el andador de la feria, tupido de tamboras y cerveza, pisotones y miradas furtivas, ahí cerca del palenque, el casino y, un poquito más lejos, la Monumental, que simbolizan la alegría desbordada por San Marcos.

Al igual que en Pamplona, los hidrocálidos se quedarán sin fiesta… y sin dinero, ese que circula a manos llenas hacia todas direcciones cuando los millones de visitantes colman las calles de una ciudad ávida de celebraciones.

Pasan lentamente las hojas del calendario, y así en abril, como en mayo, y ahora en julio, Pamplona se quedará este año igual que Aguascalientes: muda, sin gente, sin toros, si nada. Sola y en silencio. Pobres de nosotros.






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