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Historias: Las fiestas de carnaval

"...entre lo sagrado y lo profano..."

¡Adiós a la carne, que  viene la abstinencia y la cuaresma también! Pero no particularmente en el consumo humano sino en los placeres mundanos. ¡Ay!, que "la carne es débil".

Este episodio festivo que entre lo sagrado y lo profano sucederá entre el jueves 8 y hasta el martes 13 de febrero, hace suyas diversas fiestas donde se anuncian carteles taurinos –no podía ser la excepción-, en diversos sitios del país, como Etzatlán, Autlán, Jalostotitlán o Villa de Álvarez (Jalisco), por ejemplo.

Gracias a José Antonio Maravall (La cultura del barroco), el autor nos permite entender y reafirmar que la fiesta del barroco no era espartana, sino de un ascetismo brutal, inhumano, en donde no se pretendía adormecer, sino anular primero toda autonomía en la conciencia del pueblo, para dominarlo después. Por su parte César Oliva (La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco), plantea que la fiesta que va desde mediados del siglo XIV y que luego se sofistifica durante el XVII, hay que entenderla como un todo, o como un espectáculo total, en donde las fronteras de los elementos constituyentes no son rigurosamente fijas.

Es difícil, cuando no inútil, intentar separar dónde empieza, y dónde acaba el elemento festivo, y dónde acaba y dónde empieza el teatral; de la misma manera que es ocioso delimitar los elementos religiosos y profanos. Y es curioso, pero las fiestas sintetizan, casi  rítmicamente, periodos de “gracia” y periodos de “pecado”, lo que nos hace volver los ojos a una de las más representativas, iniciada en la cuaresma y que culmina con el domingo de resurrección.

Por otro lado, se encuentra aquella que se desata en ese mismo domingo de resurrección y explota en medio de muchas otras, hasta llegada la víspera del inicio de la cuaresma, luego de que el carnaval despidió al último pecador, cumpliéndose una vez más otro de los ciclos de que está constituido el calendario litúrgico, el que, independientemente de todos aquellos pretextos de origen político o social, seguía cumpliéndose en términos muy exactos.

Aunque tardía su vinculación con los toros en el periodo novohispano, van a darse los primeros testimonios avanzado el siglo XVII, intensificándose durante el siglo de las luces, aunque en medio de una sociedad eminentemente católica, esto debió darse en forma puntual y rigurosa. Lo anterior, dados los esquemas de comportamiento que dicha religión comprueba en su calendario, de ahí que el teatro evangelizador, instituido desde el siglo XVI se convirtiera en otro nutriente para "aculturar" la gran población indígena que habitaba estas latitudes.

Sin embargo, fue en el XIX donde alcanzó intensidad en muchas puestas en escena. Las calles o las plazas de toros fueron su mejor escenario.

En la década comprendida entre 1850 a 1860, el pueblo de la metrópoli se cubría el rostro con el antifaz y se transformaba en mascarada.

Bucareli, desde la Plaza de la Reforma hasta la desaparecida Garita de Belem, era el lugar para el paseo diurno. Antonio García Cubas habla de la amplia calzada sembrada con arbolillos, colmada por densas nubes de polvo, profundos agujeros, charcos de agua maloliente y una muchedumbre alegre, que vestía sus ropas domingueras.

"Entre los ricos carruajes tirados por caballos frisones –dice el autor de El libro de mis recuerdos-, arrendados por elegantes cocheros desde los pescantes, se interpolaban en gran número los de plaza, más o menos humildes y no pocos de sapandas, cuyos cocheros iban montados en las mulas de mano guarnecidas con colleras. Todos desfilaban en su rodar pausado y monótono, dando vueltas en la calzada. De trecho en trecho aparecían hermosas carretelas abiertas con comparsas de caballeros ricamente vestidos a la usanza antigua española o bien de estudiantes, marmitones o pierrotes, todos los que se complacían en distribuir ramitos de flores y alcatraces de dulces a las damas de los carruajes. Otras comparsas de figuras grotescas iban en carretones o en carretelas muy viejas y desvencijadas y algunos enmascarados montados en burros que provocaban la risa de los mirones, sin que nadie osase lapidarlos, como no hace mucho tiempo aconteció con los que intentaron revivir esas costumbres", hasta aquí nuestro autor decimonónico.

De seguro, muchos de esos participantes anónimos, antes habían acudido a la plaza del “Paseo Nuevo”, donde presenciaron los carteles, como el que adorna estas notas, celebrado el domingo 6 y martes 8 de febrero de 1853. Ambas tardes, intervino la cuadrilla encabezada por Bernardo Gaviño, lidiándose toros de Atenco, sus favoritos. Para empezar, hubo anuncio del obsequio de 250 pesos en 15 onzas de oro, lo que ya significaba un buen pretexto para acudir al coso y luego tener a la vista la corona de laurel, guarnecida por las onzas y escudos de oro. Se llevó a cabo un sorteo “de ocho hermosas banderillas” (donde estaban colocados los premios), repartidas "cuatro de UNA ONZA cada uno. Tres de DOS ONZAS cada uno, y uno de CINCO ONZAS". Para ello, cada boleto de entrada llevaba un número marcado al reverso, pero no se consideraban los que la empresa obsequiaba.

Hubo, ambas tardes un "valiente toro embolado, como final de la función". Luego, el martes ocho, se presentaron los coleadores PEDRO y CORNELIO que dieron prueba de su habilidad ejecutando con LOS CABALLOS EN PELO, para lo que eligieron dos toros al efecto. También apareció la infaltable mojiganga de enmascarados para lidiar UN TORO ESCOGIDO que sin duda proporcionó diversión a los concurrentes.

“Si como se verificó en el Carnaval pasado, algunas PERSONAS DE MÁSCARAS quisieren entrar a picar y banderillar un toro, estará prevenido éste al efecto. La función, ya saben, empezará a las cuatro".






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