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¡Éxtasis poncista!        

Enrique Ponce enloqueció al público de emoción y cortó dos orejas

Si hay un torero por el que el público de la Plaza México siente idolatría, ése se llama Enrique Ponce Martínez. Y la tarde de hoy quedó fielmente demostrado durante la corrida en la que celebraba sus bodas de plata con la afición capitalina, que desde hace muchos años lo convirtió en su consentido.

En México, ser un torero "consentido" se refiere a un grado de idolatría exacerbado; pero quizá no a esa clase de ídolatría que a veces suele tener ciertas fisuras en las tardes buenas, regulares y malas, sino a la del "amor eterno" -como la canción de Juan Gabriel- en donde ese cariño rebasa cualquier expectativa razonable para rayar en el apasionamiento.

Así que haga lo que haga Ponce, que hoy fue demasiado, se le perdona cualquier desliz o cualquier fallo, cualquier cosa que no encaje en el gusto de la gente. Por el contrario, cuando él se entrega como es habitual, y un toro le embiste como "Vivaracho", de Teófilo Gómez, no hay pasión más grande que la suya.

Y para corroborar el dicho es preciso ver el grado de éxtasis que provocó hoy en la afición capitalina, que no tuvo ojos para los dos toreros mexicanos del cartel, no obstante que hicieron un importante esfuerzo y un dignísimo papel. La fiesta de esta tarde era sólo de Ponce, y ahí no había cabida para nada más.

Tal vez lo más fascinante de este intenso romance sea la capacidad de Enrique para enamorar al público. Todo cuanto hace tiene un tremendo sentido del espectáculo, hasta el más mínimo detalle, y cuando salió a colocarse en el tercio de banderillas del séptimo toro, la fuerte solicitud para que regalará un toro fue tan sonora como unánime.

Hasta se dio el lujo de esperar unos segundos de más a que la multitud suplicara el toro de regalo para que accediera a pedirlo, en una tarde en la que donó sus honorarios a los damnificados del sismo, un gesto que, sin duda, le honra en todos sentidos.

Y ese toro "Vivaracho" fue un dechado de calidad, con un fondo bueno de duración, pero gracias a que Enrique Ponce lo entendió a las mil maravillas y le cuajó una de sus faenas más importantes en este coso.

Los naturales y los redondos; los cambios de mano y las trincherillas; los pases de pecho y la poncina… Todo lo hizo con temple y suavidad. En esa coreografía en la que ha convertido su tauromaquia, quedó explicada la difícil facilidad de un torero cuya capacidad interpretativa y su comunicación con el público son la permanente seducción del público.

Y si la colocación de la estocada no fue tan ortodoxa para haberle cortado el rabo a "Vivaracho", negado con firmeza por el juez de plaza, la concesión de aquel preciado galardón, para un torero al que le gustan las cifras, quedaba en segundo plano.

La gente se quedó con ese despliegue de torería que cautivó desde que Enrique se abrió de capa con el inválido primer toro de su lote, que apuntaba condiciones extraordinarias hasta que saltó al callejón y se lastimó; o con ese otro toro de Teófilo Gómez que fue manso y embestía con la cara por las nubes y al que hizo una faena inverosímil, que ya es decir.

Joselito venía con el deseo de sobreponerse a la tarde aciaga de la inauguración de la Temporada Grande, cuando no pudo mostrarse en el mano a mano con El Juli, y desde el primer momento apostó fuerte, a pesar de la animadversión de un público hostil que no acaba de romper con el hidrocálido.

Y resulta triste esta situación tratándose de un torero honrado; de alguien que no ha hecho sino poner en alto el nombre de México en Europa, y de haber conseguido un sitio de privilegio que no se lo regaló nadie. Pero a veces así es el público de veleidoso e incomprensible y no hay forma de hacerlo cambiar de opinión, ni siquiera con la interesante faena, riñonuda y torera, que le hizo al primer toro de su lote que no fue valorada en su justa dimensión, y que culminó con una estocada entrando a matar con un sombrero charro en lugar de la muleta. El espontáneo gesto de Adame tampoco gustó a la mayoría.

En el sexto no se amargó y salió a entregarse con verdad. El vistoso quite por zapopinas que antecedió al tercio de banderillas en el que sufrió una paliza de órdago, cambiaron el panorama. Y el tremendo susto se convirtió en reconocimiento a un torero que se quedó sobre la arena con una enorme determinación para continuar la lidia.

El toro se apagó muy pronto y acabó distraído. No hubo forma más que de congraciarse con el público, que sólo al final vio con agrado lo que había realizado el hidrocálido. Ya veremos qué pasa en la esperada tarde del martes 12 de diciembre.

El Payo ejecutó varios de los muletazos más profundos de la corrida con el segundo toro de su lote, un ejemplar de Teófilo Gómez al que toreó de capote con mucho sentimiento, y por ahí dibujó una media verónica en la que detuvo el tiempo.

Después, la faena discurrió con una expresión de gran calado y un nivel artístico de esos que despiertas ilusión. El queretano se abandonó en unos trazos tan naturales, tan tersos, que ahí quedan como paradigma de belleza.

Fue una pena que el toro no tuviera la duración para que aquella obra de arte cobrara más fuerza, porque terminó huyendo de la muleta. Pero lo importante es que ahí está, rebuscando en su interior, con una tauromaquia que le viene muy bien a su atractiva personalidad. Y lo bueno fue que pudo sacarlo, pues con el otro toro no hubo ocasión de hacerlo, pues resultó sumamente deslucido y la gente no le agradeció los minutos que estuvo delante tratando de ver si lo convencía a embestir.

La corrida tuvo un emocionante prólogo ecuestre a cargo del rejoneador de dinastía Jorge Hernández Gárate, que estuvo muy bien con ese bravo toro de El Vergel que abrió plaza. Maduro, centrado y torero, el potosino cuajó una faena sólida, con pasajes de mucho temple montando a "Valladolid" y "Rafaelito", con los que toreó al estribo con riesgo y vibración.

Y fue una lástima que se precipitara a la hora de matar, y luego de sufrir un golpe en las tablas, porque en la punta de su rejón de muerte tenía el triunfo asegurado. De cualquiera manera, lo relevante fue la calidad de su toreo y la compenetración un toro que exigió hacerlo todo por nota. Ahí queda esta brillante actuación a caballo.

La gente salió de la plaza toreando mientras Enrique Ponce iba en volandas, así que el ambiente y la expectación aumenta de cara a las próximas corridas de las que cabe esperar muchas emociones, ahora que el valenciano ya dejó el listón tan alto.

Ficha

Ciudad de México.- Plaza México. Tercera corrida de la Temporada Grande. Unas 18 mil personas, en tarde fresca. Un toro de El Vergel para rejones, bravo,, cuatro de Teófilo Gómez (el 8o. como regalo), desiguales en presentación y juego, de los que destacó el de regalo, premiado con arrastre lento. Y tres de Barralva, encaste Saltillo-San Mateo, de poco juego en su conjunto. Pesos: 496, 521, 518, 550, 536, 530, 516 y 519 kilos. El rejoneador Jorge Hernández Gárate: División. Enrique Ponce (marfil con oro y plata): Ovación, vuelta tras petición y dos orejas con petición de rabo en el de regalo. Joselito Adame (azul rey y oro): Palmas en su lote. Octavio García "El Payo" (obispo y oro): Pitos tras dos avisos y oreja con algunas protestas. Incidencias: El primer toro de la lidia ordinaria, de Barralva, saltó al callejón y se atoró en el burladero de los picadores y tardó en ser liberado. Destacó en la brega Mariano de la Viña. Joselito Adame ingresó a la enfermería para ser revisado de los diversos golpes contusos que sufrió. El reloj de la plaza estaba ocho minutos adelantado, y el juez de plaza, a través de la megafonía, avisó que se iba a regir por la hora del celular.

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