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Especial: Dos figuras contemporáneas

...Miguel Espinosa y David Silveti en vida fueron rivales y amigos...

Con la muerte de Miguel, David Silveti también habría sentido lo que sintió Miguel cuando se fue David. Fueron contemporáneos, David mayor que Miguel, pertenecieron a un grupo de jóvenes hijos de figuras de la Fiesta mexicana, integrantes de una casta que llenó de orgullo a toreros ya grandes, en edad y en historia como Garza y Armillita, Solórzano y Calesero, Capetillo, Arruza, Rivera, Silveti… En fin, aquellos maestros hicieron estos toreros, y fueron ejemplo con su vida de toreros en época posterior a la de Gaona, El Meco Silveti y Balderas. Son el escalón anterior a Manolo, Cavazos, Curro, Mariano, la rueda del molino más tarde giró dándole vida la fiesta de los toros en México.

Esos toreros, hijos de toreros insisto, le imprimieron al espectáculo y a su rol en la sociedad un sello distinto, diferente , y una personalidad muy marcada al toreo mexicano. Personalidad con marcada influencia por la técnica española impuesta por sus ancestros, maestros, grandes maestros, como Armillita, Garza, Arruza, El Soldado, Calesero, quienes aunque mexicanos de nacimiento y también de formación fueron toreros que bebieron en la copa de las escuelas taurinas de Ronda y Sevilla en época de Manolete, Luis Miguel, Ordóñez...

De eso -no tenemos duda en lo que antes afirmamos- hay profundas diferencias para muchos y por ello surgen tremendas y muy sabrosas discusiones,  polémicas que vigorizan y llenan de salud la fiesta de los toros.

El próximo 12 de noviembre recordaremos una vez más un día trágico en nuestras vidas. Fue la mañana de aquel día que David Silveti, en el 2003, decidió empacar y salirse del camino de la vida. Al año siguiente, y desde entonces cada temporada, recordamos a David. Lo recordamos en Juan, el amigo que nos queda cercano a David, lo hacíamos con Miguel que ya debe haberse reunido con él en el más allá.

Miguel y David en vida fueron rivales y amigos fraternos. Testigo de la grandeza de cada uno y contemporáneo de estos dos grandes artistas fue el muy admirado y destacado periodista Juan Antonio de Labra Madrazo. Hombre de letras, buen aficionado, práctico, y escritor, capaz de descubrir lo que hay en medio del hojaldre que es la vida de los seres humanos. A ti, Juan Antonio, el siguiente recuerdo:

A David le valían madre los trofeos. Por eso no recogió el premio Domecq el viernes en México. Prefirió irse, sin que lo llamaran. Y sin decir adiós, sólo habiéndole expresado su reflexión de la vida y de la muerte a su padre Juan Silveti, se fue a la chingada.

Su idea del toreo era otra, muy distinta al mercadillo en que la han convertido los estadísticos y goleadores la fiesta de los toros.

Recuerdo que un día que pasamos toda una  tarde en la barra de La Ópera, hasta muy entrada la madrugada en la cantina  La Luz de la esquina con Gantes y al día siguiente buena parte de la mañana  en La Marquesa, en casa de Manolo Arruza, nos trenzamos con Chucho Solórzano, el propio Arruza y Manuel Capetillo en la diatriba infinita del concepto del toreo. Nada original, es cierto, pero sí muy especial.

Es el mismo concepto que vive y late en las raíces de la fiesta de los toros, desde su nacimiento, aunque con mil cabezas, como cada una de las que piensan. Pocos que han vivido de ella se han percatado de la espiritualidad que conlleva.

David Silveti, que partió por voluntad propia el miércoles 12 de noviembre en su rancho de Salamanca, en el Guanajuato cantado por José Alfredo y exaltado en el valor de sus ancestros Silveti, era el depositario de cien volcanes en erupción. El sentido del toreo en el silvetismo es lava ardiente. Es, como le confesó un día a Carlos Ruiz Villasuso el propio David, tras un burladero en el callejón de La Maestranza "siempre toreo al borde de la cornada". Sentencia necrófila que desnudó una actitud ante el toreo, la misma que ha provocado la expresión de Juan José López Luna en la afirmación que David Silveti fue "el último de los toreros mexicanos que provocaba en el ánimo de los aficionados el miedo, la emoción, la alegría y el llanto".

Poco le importaban los trofeos, los números y las estadísticas y, por ello, prefirió emprender el viaje eterno antes que ir a la Ciudad de México a una aburrida velada plena de lugares comunes para recibir el trofeo a La Mejor Faena de La Temporada.

Aquella tarde de la faena histórica en la Plaza Monumental México, la gente sintió miedo de David. Hubo emoción y alegría y también llanto. Llanto de hombres grandes, que recuerdan la anécdota del nieto con el abuelo, que lloraba viendo torear a Rodolfo Gaona la tarde del adiós para no volver en El Toreo de La Condesa. Gaona, archirrival de Juan Silveti, el abuelo de David. Gaona era ídolo de toda una generación de mexicanos que vieron en él encarnada la respuesta al reto como nación.

El niño, al que educaban con la reciedumbre de los conceptos de los hombres machos de a de veras, increpa al viejo y le pregunta:

-¿Pero no y que los hombres machos no lloran abuelo? 

A lo que el viejo, le contestó:

-Es que el que se va es Gaona, hijo; y como Rodolfo no hay.

El llanto de aquel abuelo se convertiría en grito de guerra de La Porra Libre, que a coro aún le grita a los toreros "Manolo, Manolo ¡Y ya!" para echarlos del coso de Insurgentes, reconociendo a Manolo Martínez como único heredero de la lava volcánica de los volcanes en erupción de la fiesta mexicana: Gaona, Armillita, Garza, Arruza y Silverio.

Pero, vea usted por dónde busca la historia la salida al ardiente cauce del río volcánico de la pasión del toreo. Una tarde  guadalupana, fresca tarde de diciembre en la Plaza México le vimos escribir una de las páginas más importantes que se han grabado sobre la arena mexicana, a David Silveti. Lleno impresionante, toros de don Fernando de la Mora para Antonio Lomelín, que sustituía a Manolo Martínez, Miguel Espinosa "Armillita Chico" y David, que reaparecía en la plaza grande.

Lomelín realizó una de sus faenas heroicas, al primero de Tequisquiapan, y Miguel cuajó un faenón a "Flor India", un gran toro que tuvo la fortuna de caer en manos de un gran torero. Fue la de Armillita una de esas faenas hermosas, encajada en el sentido plástico que Miguel siempre ha sabido imprimirle a su toreo.

David provocó aquella tarde la emoción, el miedo y el llanto en sus dos toros. Inolvidable su vestido rosa guadalupano, orgullosamente erguido, desmayando los lances "al borde de la cornada". Nada estridente. Todo lo contrario. El sublime desnudo entre la vida y la muerte. La plaza de Insurgentes rugió a cada lance, a cada pase, a cada paso y en cada instante de la intensa entrega de David Silveti con los cárdenos de don Fernando. Nunca antes había escuchado al monstruo rugir de esa manera.

Pedro Echenagucia, que aquella tarde de estrenaba en la Plaza Grande de México, con los ojos húmedos en llanto me confesó: "… este es el toreo en el que yo soñé; ni en Sevilla he vivido tan intensamente la fiesta de los toros".

A David, que le importaba madre cualquier trofeo, le causó gracia cuando Miguel Espinosa, con el cariño fraternal que le profesaba y con su gracia expresiva le dijo:

-" …mamón, se te fue un rabo por la espada".

David Silveti reunió en su expresión de torero todas las lavas de todos los volcanes del México taurino. Lavas de aquellos fuegos que le quemaban el corazón cuando nos encontramos en Sevilla, habiendo quemado las naves por hacer campaña en España. Vivió cientos de noches tristes y no sólo una como el conquistador Hernán Cortés. Ese fuego que reunió como líder de una generación, aquellas de los "juniors" del toreo azteca, la quinta de Curro Rivera, Carlos y Manolo Arruza. Humberto Moro. Chucho y los cuates Solórzano. Manolo, Fermín y Miguel Espinosa, los "Armilla". Los Calesero, Alfonsito, José Antonio y el Curro Ramírez.

Entre todos, David fue él el más mexicano en su expresión y en su sentir que resumiríamos un poco en la frase de Cantú, cuando en su tesis martinista resume el toreo de México en el título "Muerte de azúcar, la sustancia taurina mexicana".

No ha sido dulce la partida de David, para nadie y mucho menos para Juan. Torero de recia expresión universal. Hombre de fuerte personalidad, soñador y bohemio. Jugador y legendario. Torero integral. Debo confesar que con la partida de David, me duele más el dolor de Juan que cualquier otro. "Mi David", así lo llamaba cuando le conocí en Caracas, aquella tarde de finales de los setenta cuando toreó toros de Garfias en el Nuevo Circo.

Hoy, como ayer, recuerdo a David Silveti todos los días. Como cada día que conversábamos lo recordaba con Miguel. Así es, querido Juan Antonio. Así ha sido con quienes se nos han ido… 






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